La Leyenda del Taco de Luna

El pequeño Chucbeni, el más pequeño dentro de una prominente familia de jugadores de pok ta pok (juego de pelota) de la ciudad de Uxmal, siempre había tenido grandes protectores a su favor. Poseía una gran admiración por el astro nocturno, la Luna, luz de la noche, que en aquel tiempo permanecía sin crecer o menguar.

Desde apenas un niño se dejó atrapar por sus enigmas, por el conejo plasmado en su cara redonda, y noche tras noche salía a su encuentro, al menos por unos momentos, antes de recibir la instrucción de volver a dormir; no comprendía el porqué de su luz, ni de dónde se sontenía; pero, hasta en las noches cubiertas por velos de nubes, esperaba al menos por un huequito encontrarla.

Chucbeni continuó creciendo y con él su admiración por el astro. También desde niño compartió esta admiración con Yol Nicté, la mayor de las hijas de la familia de sacerdotes de la ciudad de Sayil, y compartieron también muchos juegos y cantos; una profunda amistad siempre bajo el lucero mayor de la noche.

Yol Nicté al ir creciendo deseaba con todo su corazón llegar a ser la sacerdote supremo de su ciudad, y rendir culto a Chaac, como lo hacía su padre. Chucbeni quería encabezar y dirigir a los jugadores de pelota de Uxmal; pero, ni las mujeres podían ser sacerdotes aunque fueran primogénitas, ni los hijos menores podían llegar dirigir a los jugadores de pelota. Ambos guardaban sueños inalcanzables, que se compartían sentados bajo una ceiba al admirar a la Luna durante las noches; entre ellos nació también el sueño de alcanzar a la Luna, llegar a ella y darle una mordida, pues se les hacía de sabrosa apariencia, y se les antojaba envolverla en una tortilla.

Chucbeni y Yol Nicté crecieron sin olvidar sus sueños y así llegaron a ser atractivos jóvenes. Una noche al encontrarse bajo su ceiba, Yol Nicté llena de emoción contó a Chucbeni lo que había escuchado en su ciudad. Desde antiguo había escuchado leyendas de que habría de venir un hombre noble y poderoso, barbado hombre-dios que había fundado grandes ciudades y se decía que llevaba la justicia a donde iba y que allá de donde vino partió por la mitad a un cocodrilo, para formar la tierra donde habitó. Le contó también que había escuchado que un extraño hombre venía peregrinando desde tierras lejanas, que al parecer llegaría pronto hasta sus tierras, y que su descripción se acercaba a la del hombre de la leyenda. Ambos estuvieron de acuerdo en ir a su encuentro, pues su presencia parecía ser tan poderosa, que tuvieron la inquietud que él les ayudara a alcanzar sus anhelados sueños.

Chucbeni y Yol Nicté descansaron del viaje a las afueras de la ciudad antes de entrar en ella, se hacía de noche y decidieron esperar para ver salir la Luna, profundo entre los árboles escucharon ruidos, como de quien forcejea. Movidos por la cuiriosidad se acercaron a investigar; grande fue su sorpresa al ver a un hombre barbado somnoliento que estaba atado a una ceiba rodeado de grandes serpientes y una sombra de otro hombre que se alejaba entre las ramas de los árboles. Chucbeni y Yol Nicté se apresuraron en su ayuda, desde atrás donde no lo habían visto las serpientes, que parecían muy venenosas, Chucbeni con una rama fue alejándolas con fuertes golpes, mientras Yol Nicté cuando vio abierto un poco de camino corrió hacia aquel hombre y con un pedernal fue cortando las cuerdas de ixtle, hasta liberarlo. Entre los dos lo arrastraron lejos de la zona, lo recostaron sobre la hierba y lo esperaron contemplando la Luna hasta que despertó.

Una vez que se halló consciente aquel hombre, les contó que él era el mismísimo hombre-pájaro-serpiente, Quetzalcóatl-Kukulkán, que venía peregrinando desde Tollán donde le tendieron una trampa y acabaron con la civilización que él había formado, y que les daba sus bendiciones por haberlo rescatado de otra de las trampas de su siempre rival Tezcatlipoca.

Los dos muchachos no creían lo que oían y mayor fue su sorpresa cuando aquel noble hombre, lleno de paz y justicia, les pidió que le contaran sus más grandes sueños, para que él pudiera ayudar a cumplirlos. Le contaron todo, su hambre y pasión por la Luna, lo que querían llegar a ser y todo lo demás. Sin decir más, Kukulkán los llevó hasta la ciudad que se encontraba ya muy cerca de ellos. Sin habla por el esplendor que mostraba aquella gran ciudad con sus templos y calzadas, las columnas y el juego de pelota, llegaron hasta donde se construía un nuevo templo, al centro de todo aquello.

Ahí, Kukulkán llamó a sus sirvientes, y les mandó que trajeran de inmediato tres tortillas realmente grandes; pero, que en lo que estaban listas le trajeran su pedernal. Pronto estuvieron ahí tanto las tortillas recién hechas como un magnífico cuchillo de pedernal, con la forma de una serpiente emplumada.

Kukulkán lo empuñó y, diciendo a los muchachos que esperaran un poco, tomó un poco de vuelo y realizó un asombroso salto hacia la Luna que se posicionaba en su lugar más alto… Los dos jóvenes amigos se tomaron de la mano, mientras miraban que a lo lejos la Luna, aquella luna que llevaban toda una vida mirando, cambiaba de forma, se acortaba, se angostaba; segundos después venía cayendo el mismo Kukulkán, con su cuchillo de pedernal en una mano y tres rebanadas de la Luna en la otra. Se apresuró a colocar aquellas deliciosas rebanadas sobre las tortillas, se sentó sobre la hierba invitando a los muchachos a hacer lo mismo y les repartió a cada uno su taco de luna y confesando que él mismo siempre había querido hacer eso, comieron los tres contemplando la nueva forma del astro nocturno.

La Luna a partir de aquella noche dio giros que duraban ventiocho días para disimular las tres rebanadas que le hacían falta.

Los muchachos se quedaron en Chichén Itzá, donde cada uno alcanzó el resto de sus sueños, al ser grandes amigos del gran Kukulkán. Yol Nicté encabezó un grupo de sacerdotisas que rendían culto al dios pajaro-serpiente, y Chucbeni fue un asombroso jugador de pelota hasta que logró encabezar al grupo de jugadores. Pronto, Kukulkán continuó su peregrinación y se embarcó en una balsa en llamas en el mar hasta que se elevó al cielo para convertirse en la estrella de la mañana y de la noche.